martes, 30 de mayo de 2023

 

TEORIA DE LA HUERTA Y OTROS ENSAYOS

Antonio Sequeros. 1900-1983.

 

JUSTIFICACIÓN

He aquí un libro de paisajes, de paisajes vividos y soñados, soñados después de vividos. Un libro de amor hacia los ámbitos que, a lo largo de mi vida, me fueron familiares, y que, en gran parte de ella, han constituido mi propia circunstancia.

El paisaje es complemento de nuestra personalidad. Siempre actuamos ante un paisaje, hacia el que proyectamos nuestro mundo interior, el cual se ha ido forjando, precisamente, en función de las sensaciones de él recibidas. Hay, pues, en nosotros, como una sustantivación del paisaje, que luego iremos destilando, impregnado de nuestro propio ser, en el fluir de nuestra obra “vida”.


LA HUERTA

La Huerta es una unidad geográfica, perfectamente definida. Es una unidad cerrada, sin posible confusión con las tierras vecinas, aunque estén radicadas en el mismo espacio regional.

El Segura es la realidad más viva de este rincón levantino. Sólo él es presencia y perennidad en la continua mudanza del ámbito huertano.

Para las gentes de la región, huerta es sólo el valle que riega el Segura. Todo lo que cae, fuera del mismo, es campo. Vecinos al ámbito huertano son los campos de Cartagena, de Salinas, de La Murada, de la Matanza, de Elche… Por eso es más vivo y radical el contraste, entre la huerta y el campo: plenitud de llanura, aquella; dominio del páramo y de la montaña, este: dos realidades geográficas, significadas, también, por el triunfo de sus colores dominantes, el verde y el gris.

Desde más arriba de Murcia hasta Guardamar, dos amplios óvalos verdes se insertan entre desnudos y cárdenos festones montañosos, que se tornan azules, allá en las lejanías.

Y una constelación de pueblos, chatos y rectilíneos –Beniaján, Alquerías, Beniel, Benejuzar, Almoradí-, que evocan en los nombre su origen árabe; y un enjambre de casas blancas y rojas y ocres y azules, desparramadas en esos óvalos, pespunteando los caminos que los cruzan en todas direcciones. Y, todo ello, bajo un cielo de pálidos azules, ya en sus amaneceres, frescos de rocío, como caricia primera del día, que hacen más vívida y despierta la promiscuidad de sus plantaciones; o bajo soles de mediodía, que ciegan los ámbitos con sus áureas claridades, o estremecidos de aromas y brisas, en la suave melancolía de sus ocasos.

Desde el túnel que orada la sierra de la Muela, a cuyo regazo duerme Orihuela el ensueño de los siglos, un panorama esmeralda se ensancha, hacia el Oriente, perdiéndose en el mar.  Todo este panorama esmeralda es la huerta: la huerta verde, contagiosamente verde; verde con lujuria, con ansia y placer de ser así. Porque, en ella, el verde es color de vida, y, donde el verde se apaga o se hurta, sólo se ven señales de muerte. 

Por eso el límite de la huerta, que es un vasto emporio de vida, está acotado por la mancha del verde, ante cuya presencia y dominio se rinden los demás colores, excepto el azul, que es el de su cielo y el de su mar.

La huerta, que yo voy a considerar en mi teoría, tomando al Segura como eje, es la que se despliega orillas del río, aguas debajo de Murcia.  En este espacio, el paisaje es el mismo, y los problemas e inquietudes de sus gentes, idénticos; iguales sus actividades y sus trabajos, porque iguales son también los productos de sus tierras, iguales, sus creencias; iguales, sus amores, y, sus tragedias, iguales.

  

EL SEGURA: RÍO Y SÍMBOLO

El río es la realidad esencial de la huerta. Sin él, sin este Segura, fecundo y rumoroso, no habría sino páramo o estepa por estas latitudes. La huerta, pues, es un milagro del río.

Para el huertano, su río, no es sólo un accidente físico, no es puro hecho geográfico que el geólogo o el sociólogo advierten. No es algo natural o artificial puesto en el valle por la naturaleza o por el hombre; no es sólo signo, sino símbolo. Y a él, a este símbolo, van referidas gran parte de sus intenciones y de sus esperanzas; de sus amores, también. Por doquiera el río discurre el paisaje se adensa y anima.

Todos los problemas del río son problemas de este hombre de la huerta, que está, siempre, pendiente de él. En las horas de bonanza, el agradecimiento, despierta en su ser todos los afectos.. Mas en las horas graves, en los estiajes, cuando el caudal se empobrece y la sequía amenaza, entonces, vuelve a su mirar al río, en ansia imploradora y suplicante.  Si por las lluvias, allá en la cabecera, éste se monta en cólera, rompiendo, hasta las anchas riberas que lo encauzan, el huertano se llena el alma de angustia y miedo, porque se sabe impotente y pequeño para dominarlo.

         

 LA SIERRA DE CALLOSA

Azul o cárdena o gris, según la hora del día, así se yergue, como un coloso de granito, en medio de la llanura, la sierra de Callosa. Su mole inmensa domina toda la huerta, como un testigo permanente de los siglos.

La Sierra de Callosa es, también, como el Segura, un símbolo de la huerta. Rivaliza con el río en personalidad. Se presenta aislada, desconectada de las otras sierras que van hacia el mar como jalones terminales de las Béticas. Rompe la continuidad de sus compañeras, para proyectar su sombra protectora sobre la rica vega. Así, los vientos gélidos del Norte chocan con su  mole y no entran en la huerta; y, si una nube, tormentosa y amenazante, viene con mal humos y peores intenciones, hacia el llano, ella ofrece sus dentadas aristas, partiéndola en jirones inofensivos.

Desde cualquier parte de la huerta se la puede contemplar, casi en su totalidad. Y aún desde el mar se la ve, clara y rotunda, sirviendo de orientación y referencia a los marineros que pasan mirando la costa. Lo más singular de esta cresta alpina, es que empina su esbeltez serrana entre rumorosos bosques de palmeras, que sirven de fresca caricia a su granítica y cárdena desnudez.


PALMERAS Y NARANJOS

En la ancha planicie de la huerta todo está cultivado. También los caminos, que la cruzan, se entoldan con las copas de la morera, del olmo o del plátano. Pero la palmera es, sin duda, la que presta a la huerta algo de misterio, de exótica fisonomía. La palmera se presenta solitaria o acompañada de alguna más, generalmente en la puerta de las haciendas o en sus alrededores, como si quisiera escoltar la mansión solariega, o servir de vigía, por la superioridad de su altura sobre todo lo que le rodea. A veces se la ve formando avenida, orillas del camino que sirve de entrada a las grandes casonas de labor. La forma más bella de su presencia es la de bosque, son famosos los palmerales de Orihuela, Callosa, Cox y Albatera, en plena huerta, al pie mismo de las sierras que limitan la vega.

Pero sin duda es el naranjo el árbol predilecto de la huerta; el ejemplar arbóreo mejor cultivado, el que tiene primicia para las caricias. Trato de privilegio es el suyo para este árbol: como que con él van fundidos su amor y su orgullo de agricultor. Redondo, pomposo, siempre verde, de un verde intenso; lustroso, con hojas charoladas y tallos armoniosos espesándose en sus ramajes, de donde penden las naranjas. Se diría de este jugoso y aromático fruto que era oro en esferas, sobre campo de esmeraldas. No hay huerto más bello que un naranjal. Su verdor es perenne todo el año; pero si en primavera la nieve del azahar le envuelve en su manto de pureza, en otoño, cuando otros árboles se desnudan y entristecen, él se engalana con la púrpura de su rotundo fruto.

 

 LA HUERTA, EN SU LUZ

La luz de mi huerta es única. Así, en las primeras horas de la mañana, será tenue luz, empapada de rocíos, que la limpian de corpúsculos para dejarla diáfana y transparente, aclarando perspectivas y acortando distancias. Y, a medio día, la luz será de una intensidad cegadora, abrumadora, densa y plúmbea, como una plancha de lumbre, gravitando sobre el paisaje y anulándolo. Y, por la tarde, cerca de los ocasos, volverá su transparencia matinal, no humedecida de brisas, que nacen de sus plantas, sino de alientos secos de montaña.

Luz de mi huerta, no es luz de plata,… sino luz dorada, de pálidos oros, no de ascuas africanas; luz de reflejos mediterráneos, como los captara Sorolla, o nuestro pintor de Orihuela Agrasot. Y en este ambiente, de suaves calideces lumínicas, vendrá a la vida la imaginería de Salcillo.

  

NOCHES DE LA HUERTA

Noches de mi huerta, no de soledades solas, sino de soledad sonora. Música callada de las noches de mi huerta, que alivia al caminante de pesares. Noche profunda de mi huerta, de complejas sensaciones llena. Las noches de mi huerta son únicas por su apacible soledad. Su silencio no es silencio de tumba, sino de bosque. Su oscuridad no es profunda ni abismática, porque la traspasan infinitas saetas estelares. Y, si la luna reina en sus ámbitos, entonces, hasta el misterio se deshace en claridad.

Las noches de mi huerta parecen desnudas de ecos humanos. Únicamente las noches de riego se llenan de voces que marcan el curso cantarino de las aguas, discurriendo por un laberinto de regatos.

Vivir las noches de mi huerta es un gozo para el alma, entre frescuras de fronda. Es sentir el pulso de la vida sin el artificio diurno de la existencia. Es, sencillamente, vivir la vida con sabor de plenitud.

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