martes, 30 de mayo de 2023

 

25 años de Educación Ambiental.

Rafael Pedauyé.


 Estimados amigos:

He recibido el encargo de presentarles el libro conmemorativo de los 25 años de Educación Ambiental del CEMA Los Molinos

Y debo empezar diciéndoles que este libro es fruto de un trabajo de equipo realizado con entusiasmo, en el que cada hallazgo de una foto, un recorte de prensa, un documento, la recuperación de una fecha o el nombre de quienes han ido formando parte de la historia de Los Molinos, era saludado con alegría y completado de anécdotas, recuerdos y semblanzas relativas al evento o la persona.

Pero su elaboración también supuso un doloroso trabajo de síntesis, de selección de fotos y definición de textos. De lucha en la defensa del significado de las imágenes y las palabras, frente a la tiranía del espacio, la estética y el diseño.

En él hay algunas fotografías, que al mirarnos en ellas nos hacen más viejos, aunque no necesariamente más sabios, y el pasar de sus páginas, nos lleva a desear recorrer de nuevo el camino, esta vez con el pausado andar del montañero.

Un camino de aprendizaje las más de las veces autodidacta, pero en el que siempre contamos con la ayuda y la orientación de excelentes y comprometidos profesionales de la educación, algunos de ellos están hoy aquí, en representación de tantos otros que junto con sus alumnos, han hecho posible estos 25 años de educación ambiental.

Es este un libro en el que se recogen, cielos de un azul casi marino, junto a otros grises, de un ventoso y venturoso día de marzo en el que se inauguraba el Aula Laboratorio.

Forman parte de sus páginas, junto a las antiguas instalaciones del Albergue Juvenil, las nuevas: El aula laboratorio y su observatorio de astronomía, el molino cartagenero, el huerto escolar, o los trabajos de acondicionamiento y plantación, en el área de restauración hidrológico forestal.

En ellas quedan reflejadas escenas de los actos singulares y los protagonistas de su historia. Y aquellos otros más cotidianos, expresión del trabajo diario, en las aulas, en la sierra, en el huerto, en la cocina.

En él se recogen así mismo elementos de su anecdotario: 

Días Mundiales del Medio Ambiente,

Ciclistas y militares…,

Testimonios de alumnos y profesores...

 Pero hay otras muchas cosas que no ha sido posible explicitar en las páginas de este libro.

Por ello les voy a pedir que durante unos minutos me permitan ejercer de MONITOR y mostrarles algunos aspectos que también forman parte primera y profunda de Los Molinos.

Empecemos fijándonos en los sucesivos pictogramas con los que se ha representado el Centro: Una nube azul coronada de un arco iris, fue el primero, le siguió un estilizado molino de viento, sustituido en la actualidad por unos sencillos y descriptivos trazos, con los que se representan las torres de los molinos que dan su nombre al Centro.

Una posible y bella lectura de su evolución, podría ser:

De lo global a lo local.   De la utopía primera a la firme realidad actual. 

Los Molinos posee un paisaje propio y no voy a hablarles de la Sierra ni de la extraordinaria panorámica que desde aquí se divisa y cuyo análisis ambiental es con frecuencia utilizado como recurso educativo.

En esta ocasión voy a hacer referencia a los diversos paisajes que definen el contexto sensitivo y sensorial de Los Molinos.

Su paisaje sonoro tiene como rumor de fondo, los acordes graves, como de un mar lejano, de una ciudad trabajadora e industrial, de la que aún es posible oír la sirena de alguna fábrica marcando el cambio de turno.

Cada mañana, el sonido del autocar cargado de escolares, que sube, no sin esfuerzo, las cuestas del Camino de los Magro, marca el inicio de una nueva jornada educativa.

La algarabía de voces y risas de los alumnos que juegan en las cabañas al anochecer, es el distintivo de quienes pasan en el Centro toda una semana.

El canto de los abejarucos, recién llegados de las sabanas centro africanas.

El agudo griterío de las pandillas de vencejos en sus acrobáticas carreras y persecuciones. 

Los más de 90 decibelios, una autentica contaminación acústica,  producida por centenares de cigarras, en las largas tardes de verano.

O la llamada de la lechuza en las serenas noches de invierno.  Son indicadores fenológicos, que acompañan el paso de las estaciones.

El restallar del trueno entre los cantiles de la Sierra, los días de tormenta. El volteo, a gloria o a duelo, de las campanas de la Iglesia Parroquial Nª. Sª. de Belén, que en ocasiones nos acerca el viento de levante...

Todos ellos son ejemplos que forman parte de nuestro paisaje sonoro.

Azorín nos dice, “Montañas finas, claras, olorosas y radiantes de Castilla, de Alicante y de Cataluña, vosotras tenéis todo mi afecto, todas mis simpatías.”

Y puedo asegurarles que, el olor del ozono y la tierra mojada después de la lluvia. La fragancia del tomillo, el cantuheso, el romero y el azahar, o el intenso aroma del galán de noche de Los Molinos, son capaces de llegar a la más dormida de las pituitarias y de satisfacer al más refinado apéndice nasal.

El sabor de las habas tiernas recién cogidas en el huerto escolar, forma parte de otro tipo de paisaje sensorial, en el que si para algunos “comerse una ostra, es como paladear el mar” degustar un “arroz y conejo con serranas” de los que preparaban Antonia, Teresa y Carmen, cuya foto recoge el libro, era llevarse a la boca toda la Sierra, sazonada por la chispa y el talante siempre alegre de unas mujeres, que se hacían de querer en todo momento y que ejercían en la cocina, una autoridad sin excepciones.

Pero junto a los anteriores, hay un paisaje aún más profundo, hecho de gestos y emociones, porque el acto educativo nos es posible sin comunicación y emoción:

El guiño cómplice, entre los Monitores de Los Molinos y los Profesores de los Colegios, ante las actitudes, las conductas, las sorpresas, y las sonrisas que en ocasiones iluminan la cara de los alumnos cuando por primera vez APRENDEN, COGEN, HACEN SUYO, un concepto difícilmente asequible en el marco del aula.

La mano en el hombro del compañero o la palabra del Directivo que te anima, que te alienta, que aprueba y reconoce el trabajo realizado. 

El apretón de manos, el abrazo, el par de besos en la mejilla, el “nos gustaría quedarnos una semana más”, o el “podremos volver el próximo año” son gestos y deseos que  realizados o expresados, por profesores y alumnos, en el momento de la despedida, son los más preciados y valiosos elementos del paisaje emocional de Los Molinos.

Un paisaje del que también formó parte FOX, un perro pastor alemán con un lenguaje tan claro, que era comprensible hasta por el más contumaz de los geólogos. Un ser que nos dio todo y jamás pidió nada, ni tan siquiera un trozo de pan del almuerzo.

Pero hay también una figura humana sin la que este paisaje estaría incompleto, la del Tío Pepe, el casero y guarda de la finca, un hombre tan rico en conocimientos y remedios populares, como parco en palabras, que jamás tuvo a mal las travesuras y fechorías de los alumnos.  Cualquier persona ajena al común quehacer del centro, era automáticamente calificada por el Tío Pepe de PELICANO, nunca pude averiguar el origen o el significado que atribuía a tal vocablo. Para el Tío Pepe, todo lo que no fuera hacer faena, con una azada o un rastrillo, era en expresión suya TREBAJAR DE VISTA, es decir no hacer nada. 

Y aunque nada, hasta ahora, he dicho de cuantos en estos años han formado parte del equipo docente de Los Molinos, han de saber que siempre quisimos que se nos llamara MONITORES, término que el  Diccionario de la Lengua Española define como:

                     Persona que guía el aprendizaje

                    Ayudante del profesor

Sólo esto, si hemos sido capaces de hacerlo bien, nos colma.

Aunque debo confesarles que también hemos soñado y nos hemos esforzado en conseguir el título de MAESTRO, porque sólo a los maestros se les reconoce unos saberes y una autoridad moral capaz de crear escuela, y los Molinos es una autentica escuela de vida y de la vida.

Por todo ello les invitamos a que cualquier día y con cualquier motivo vengan a Los Molinos, a vivir y formar parte de sus paisajes. Si lo hacen la mañana del viernes anterior al Domingo de Ramos, nos encontraran junto a la Ermita, rindiendo homenaje a la Virgen de Los Dolores, patrona del Centro, y será un placer compartir con Uds. un café con leche y unos buñuelos de viento.

He de terminar y la mejor manera, es hacerlo con  unos versos,  que se recogen en la página 96 del libro, son de María Esther, una niña de 12 años, que nos regala el más sencillo y sincero  de los homenajes, dicen así:

                     En Crevillente hay un centro,

                    chulo por fuera, bello por dentro.

                    Su nombre, Los Molinos,

lleno de sendas y caminos.

Me gustaron los profesores,

aunque algunos largaban sermones.

Me lo pasé muy bien

y aprendí muchas cosas,

Querría ir otra vez,

a oler sus rosas.

 Muchas gracias.

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