EL TERREMOTO DE 1829
Y SU EXPRESIÓN EN EL CALLEJERO DE ALMORADI.
El sábado, 21 de marzo de 1829 y tras varios periodos anteriores con temblores de tierra, se produjo un terrible terremoto que afectó a la Vega Baja del Segura, con especial incidencia en las poblaciones de Benejuzar, Almoradí, Guardamar y Torrevieja.
En Almoradí, debido a la estrechez de sus calles y a la altura de los edificios que se desplomaron unos encima de otros, se concentró la mitad del total de los 389 fallecimientos registrados. Su ayuntamiento el día 23 de marzo envió un escrito dirigido al Real Acuerdo de Valencia, en el que describe con crudeza la catástrofe acaecida:
"Serían como
las seis y cuarto de la tarde del 21 de marzo cuando a un espantoso temblor de
tierra mediando el espacio de unos tres minutos, siguió una sacudida inexplicable con
erupción tan violenta de viento, que llevó tras de sí toda esta población, y
las innumerables casas de la huerta y campo. El clamor de los moribundos, ayes
de los heridos y vocería de los vivos, no permitieron en muchas horas a persona
alguna pensar ni aún en la conservación de su existencia. La tierra no cesaba
de conmoverse; sus movimientos violentos y espantoso ruido impedían hasta el
uso de la voz, y en tal conflicto ni los padres recordaban a los hijos, ni
éstos conocían a aquéllos; las esposas huían de sus maridos buscando cada cual
únicamente la muerte, cuando creía haber encontrado su salvación."
Tras el desastre,
la Iglesia como organización y por medio de las parroquias, se manifiesta como
un elemento fundamental para recoger información de las poblaciones
afectadas, encauzarla y organizar las primeras medidas de socorro y asistencia
a heridos y supervivientes. El obispo de la diócesis de Orihuela D. Félix Herrero Valverde tras recibir el
domingo 22 noticias de sus párrocos, emprende viaje al día siguiente
lunes 23, para visitar algunos de los municipios afectados y con fecha 26 envía
un escrito al rey Fernando VII dando razón del suceso y solicitando ayudas y
asistencias.
Aquel desastre tuvo amplia repercusión en la prensa de la época, creando un sentimiento de solidaridad nacional. El 5 de abril el mismo rey Fernando VII promovió una ayuda a favor de los necesitados: “He mandado que de mi bolsillo secreto y el de la Reina, mi augusta esposa, se suministre inmediatamente 1.500.000 reales. Asimismo he venido en decretar que de los granos de rentas decimales pertenecientes a mi Corona, se apliquen con el mismo destino 20.000 fanegas de trigo”. Sin embargo, las primeras ayudas tanto en metálico como en alimentos provinieron de las ciudades de Alicante y Orihuela. La recaudación ascendió a 8.460.854 de reales de vellón, además de algunas partidas de alimentos recogidas por los párrocos y justicias de cada localidad. El 11 de mayo se celebró incluso un sorteo extraordinario de Lotería a beneficio de la “terrible catástrofe de los pueblos arruinados”.
Una de las primeras
medidas tomadas por el monarca fue la de enviar a la zona al ingeniero
guipuzcoano, José Agustín Larramendi Muguruza, con el objeto de
analizar los daños producidos y adoptar las medidas de reconstrucción
necesarias. Larramendi viajó a la comarca inmediatamente, demostrando un
notable celo profesional, visitando los municipios afectados y elaborando con
prontitud planos con los nuevos trazados de las poblaciones de Almoradí,
Benejúzar, Guardamar del Segura y Torrevieja que fueron reconstruidas por
completo de acuerdo a sus indicaciones, que constituyen el primer compendio de
normas para la edificación sismoresistente. La nueva traza de las
poblaciones reconstruidas se componía de manzanas, con calles perpendiculares y
paralelas, con un ancho entre 14 y 17 metros y plantación de árboles. Las
casas, de planta baja, no debían superar los 5 metros de altura y disponer de
un patio interior al que se saldría en caso de nuevos temblores.
El seísmo de 1829 dejó huella en la literatura. El escritor Estanislao de Kotska Vayo (1804-1864), tomando como escenario el trágico terremoto, escribió ese mismo año la novela Los terremotos de Orihuela o Henrique y Florentina: historia trágica. En la que al final, los protagonistas, dos jóvenes amantes, Enrique y Florentina, se reencuentran entre las ruinas.
Mariano José de Larra (1809-1837) escribió un extenso poema de 559 versos titulado:
A los terremotos ocurridos en España en 1829.
Gime el anciano sobre el yerto anciano,
Llora el amigo al insepulto amigo.
Y el hijo pequeñuelo,
Tendiendo al pasajero débil mano,
Pídele amparo y paternal
consuelo…
La tragedia vivida aquel 21 de marzo de 1829 queda reflejada las calles que fueron dedicadas a su recuerdo. Además de a las devociones más arraigadas entonces, San Andrés, Virgen del Rosario y La Purísima, nuestros antepasados buscaron consuelo espiritual, dedicando una de las principales, la situada frente a la puerta de la Iglesia, a San Emigdio, obispo del sur de Italia protector contra los terremotos y del que se conserva una reliquia en la Iglesia de los Santos Juanes de Catral; y al que todos los 21 de marzo se saca en procesión. También el patrón del Convento de frailes mínimos de Almoradí, San Francisco de Paula, recibiría el título de la calle que ocupaba. En gratitud a las ayudas y donaciones recibidas desde todos los puntos del país, fueron rotuladas las calles de Donadores y España. El mismo agradecimiento recibieron los monarcas, Fernando VII y María Josefa Amalia de Sajonia quienes, de su bolsillo particular, hicieron donación inicial de millón y medio de reales, dedicándoseles las calles de La Reina, Infantes (hoy Antonio Sequeros), Princesa (actualmente Ramón y Cajal) y Príncipe (ahora Virgen del Pilar). Por último, también el Ingeniero D. José Agustín de Larramendi y el Obispo de Orihuela D. Felix Herrero quedan reflejados en la memoria de nuestro callejero.

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